lunes, 27 de agosto de 2007

HISTORIA DE RUSIA- L.TROTSKY

El capítulo I de la Historia de la Revolución rusa, de L. Trotsky, trata fundamentalmente de esclarecer la composición de clases existente en la Rusia prerrevolucionaria, es decir, en la época de la autocracia zarista. (R.M.Montes)

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA
León Trotsky

Capitulo I

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

El rasgo fundamental y más constante de la historia de Rusia es el carácter rezagado de su desarrollo, con el atraso económico, el primitivismo de las formas sociales y el bajo nivel de cultura que son su obligada consecuencia.

La población de aquellas estepas gigantescas, abiertas a los vientos inclementes del Oriente y a los invasores asiáticos, nació condenada por la naturaleza misma a un gran rezagamiento. La lucha con los pueblos nómadas se prolonga hasta fines del siglo XVII. La lucha con los vientos que arrastran en invierno los hielos y en verano la sequía aún se sigue librando hoy en día. La agricultura -base de todo el desarrollo del país- progresaba de un modo extensivo: en el norte eran talados y quemados los bosques, en el sur se roturaban las estepas vírgenes; Rusia fue tomando posesión de la naturaleza no en profundidad, sino en extensión.

Mientras que los pueblos bárbaros de Occidente se instalaban sobre las ruinas de la cultura romana, muchas de cuyas viejas piedras pudieron utilizar como material de construcción, los eslavos de Oriente se encontraron en aquellas inhóspitas latitudes de la estepa huérfanos de toda herencia: su antecesores vivían en un nivel todavía más bajo que el suyo. Los pueblos de la Europa occidental, encerrados en seguida dentro de sus fronteras naturales, crearon los núcleos económicos y de cultura de las sociedades industriales. La población de la llanura oriental, tan pronto vio asomar los primeros signos de penuria, penetró en los bosques o se fue a las estepas. En Occidente, los elementos más emprendedores y de mayor iniciativa de la población campesina vinieron a la ciudad, se convirtieron en artesanos, en comerciantes. Algunos de los elementos activos y audaces de Oriente se dedicaron también al comercio, pero la mayoría se convirtieron en cosacos, en colonizadores.

El proceso de diferenciación social tan intensivo en Occidente, en Oriente veíase contenido y esfumado por el proceso de expansión. «El zar de los moscovitas, aunque cristiano, reina sobre gente de inteligencia perezosa», escribía Vico, contemporáneo de Pedro I. Aquella «inteligencia perezosa» de los moscovitas reflejaba la lentitud del ritmo económico, la vaguedad informe de las relaciones de clase, la indigencia de la historia interior.

Las antiguas civilizaciones de Egipto, India y la China tenían características propias que se bastaban a sí mismas y disponían de tiempo suficiente para llevar sus relaciones sociales, a pesar del bajo nivel de sus fuerzas productivas, casi hasta esa misma minuciosa perfección que daban a sus productos los artesanos de dichos países. Rusia hallábase enclavada entre Europa y Asia, no sólo geográficamente, sino también desde un punto de vista social e histórico. Se diferenciaba en la Europa occidental, sin confundirse tampoco con el Oriente asiático, aunque se acercase a uno u otro continente en los distintos momentos de su historia, en uno u otro caso. El Oriente aportó el yugo tártaro, elemento importantísimo en la formación y estructura del Estado ruso. El Occidente era un enemigo mucho más temible; pero al mismo tiempo un maestro. Rusia no podía asimilarse a las formas de Oriente, compelida como se hallaba a plegarse constantemente a la presión económica y militar de Occidente.

La existencia en Rusia de un régimen feudal, negada por los historiadores tradicionales, puede considerarse hoy indiscutiblemente demostrada por las modernas investigaciones. Es más: los elementos fundamentales del feudalismo ruso eran los mismos que los de Occidente. Pero el solo hecho de que la existencia en Rusia de una época feudal haya tenido que demostrarse mediante largas polémicas científicas, es ya claro indicio del carácter imperfecto del feudalismo ruso, de sus formas indefinidas, de la pobreza de sus monumentos culturales.

Los países atrasados asimilan las conquistas materiales e ideológicas de las naciones avanzadas. Pero esto no significa que sigan a estas últimas servilmente, reproduciendo todas las etapas de su pasado. La teoría de la reiteración de los ciclos históricos -procedente de Vico y sus secuaces- se apoya en la observación de los ciclos de las viejas culturas precapitalistas y, en parte también, en las primeras experiencias del capitalismo. El carácter provincial y episódico de todo el proceso hacía que, efectivamente, se repitiesen hasta cierto punto las distintas fases de cultura en los nuevos núcleos humanos. Sin embargo, el capitalismo implica la superación de estas condiciones. El capitalismo prepara y, hasta cierto punto, realiza la universalidad y permanencia en la evolución de la humanidad. Con esto se excluye ya la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las distintas naciones. Obligado a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas. El privilegio de los países históricamente rezagados -que lo es realmente- está en poder asimilar las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilarlas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias. Los salvajes pasan de la flecha al fusil de golpe, sin recorrer la senda que separa en el pasado esas dos armas. Los colonizadores europeos de América no tuvieron necesidad de volver a empezar la historia por el principio. Si Alemania o los Estados Unidos pudieron dejar atrás económicamente a Inglaterra fue, precisamente, porque ambos países venían rezagados en la marcha del capitalismo. Y la anarquía conservadora que hoy reina en la industria hullera británica y en la mentalidad de MacDonald y de sus amigos es la venganza por ese pasado en que Inglaterra se demoró más tiempo del debido empuñando el cetro de la hegemonía capitalista. El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace, forzosamente, que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter confuso, embrollado, mixto.

Claro está que la posibilidad de pasar por alto las fases intermedias no es nunca absoluta; hállase siempre condicionada en última instancia por la capacidad de asimilación económica y cultural del país. Además, los países atrasados rebajan siempre el valor de las conquistas tomadas del extranjero al asimilarlas a su cultura más primitiva. De este modo, el proceso de asimilación cobra un carácter contradictorio. Así por ejemplo, la introducción de los elementos de la técnica occidental, sobre todo la militar y manufacturera, bajo Pedro I se tradujo en la agravación del régimen servil como forma fundamental de la organización del trabajo. El armamento y los empréstitos a la europea -productos, indudablemente, de una cultura más elevada- determinaron el robustecimiento del zarismo, que, a su vez, se interpuso como un obstáculo ante el desarrollo del país.

Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distinta etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera que sea su grado.

Bajo la presión de Europa, más rica, el Estado ruso absorbía una parte proporcional mucho mayor de la riqueza nacional que los Estados occidentales, con lo cual no sólo condenaba a las masas del pueblo a una doble miseria, sino que atentaba también contra las bases de las clases pudientes. Pero, al propio tiempo, necesitado del apoyo de estas últimas, forzaba y reglamentaba su formación. Resultado de esto era que las clases privilegiadas, que se habían ido burocratizando, no pudiesen llegar a desarrollarse nunca en toda su pujanza, razón por la cual el Estado iba acercándose cada vez más al despotismo asiático.

La autocracia bizantina, adoptada oficialmente por los zares moscovitas desde principios del siglo XVI, domeñó a los boyardos feudales con ayuda de la nobleza y sometió a ésta a su voluntad, entregándole los campesinos como siervos para erigirse sobre estas bases en el absolutismo imperial petersburgués. Para comprender el retraso con que se desarrolla este proceso histórico, baste decir que la servidumbre de la gleba, que surge en el transcurso del siglo XVI, se perfecciona en el XVII y florece en el XVIII, para no abolirse jurídicamente hasta 1861.

El clero desempeña, después de la nobleza, un papel bastante importante, pero completamente mediatizado, en el proceso de formación de la autocracia zarista. La Iglesia no se remonta nunca en Rusia a las alturas del poder que llega a ocupar en el Occidente católico, y se contenta con llenar las funciones de servidora espiritual cerca de la autocracia, apuntándose esto como un mérito de su datarios del brazo secular. Los patriarcas cambiaban al cambiar los zares. En el período petersburgués, la sujeción de la Iglesia al Estado hízose todavía más servil. Los doscientos mil curas y frailes integraban en el fondo la burocracia del país, eran una especie de cuerpo policíaco de la fe: en justa reciprocidad, la policía secular amparaba el monopolio del clero ortodoxo en materia de fe y protegía sus tierras y sus rentas.

La eslavofilia, este mesianismo del atraso, razonaba su filosofía diciendo que el pueblo ruso y su Iglesia eran fundamentalmente democráticos, en tanto que la Rusia oficial no era otra cosa que la burocracia alemana implantada por Pedro el Grande. Marx observaba, a este propósito: «Exactamente lo mismo que los asnos teutónicos desplazaron el despotismo de Federico II, etc., a los franceses, como si los esclavos atrasados no necesitaran siempre de esclavos civilizados para amaestrarlos». Esta breve observación refleja perfectamente no sólo la vieja filosofía de los eslavófilos, sino también el evangelio moderno de los «racistas».

La incidencia del feudalismo ruso y de toda la historia rusa antigua cobraba su más triste expresión en la ausencia de auténticas ciudades medievales como centros de artesanía, de comercio. En Rusia el artesanado no tuvo tiempo de desglosarse por entero de la agricultura y conservó siempre el carácter del trabajo a domicilio. Las viejas ciudades rusas eran centros comerciales, administrativos, militares y de la nobleza; centros, por consiguiente, consumidores y no productores. La misma ciudad de Novgorod, tan cercana a la Hansa y que no llegó a conocer el yugo tártaro, era una ciudad comercial sin industria. Cierto es que la dispersión de los oficios campesinos, repartidos por las distintas comarcas, creaba la necesidad de una red comercial extensa. Pero los mercaderes nómadas no podían ocupar, en modo alguno, el puesto que en Occidente ocupaba la pequeña y media burguesía de los gremios de artesanos en el comercio y la industria, indisolublemente unida a su periferia campesina. Además, las principales vías de comunicación del comercio ruso conducían al extranjero, asegurando así al capital extranjero, desde los tiempos más remotos, el puesto directivo y dando un carácter semicolonial a todas las operaciones, en que el comerciante ruso quedaba reducido al papel de intermediario entre las ciudades occidentales y la aldea rusa. Este género de relaciones económicas experimentó un cierto avance en la época del capitalismo ruso y tuvo su apogeo y suprema expresión en la guerra imperialista.

La insignificancia de las ciudades rusas, que es lo que más contribuyó a formar en Rusia el tipo de Estado asiático, excluía, en particular, la posibilidad de un movimiento de Reforma encaminada a sustituir la Iglesia ortodoxa burocrático-feudal por una variante cualquiera moderna del cristianismo adaptada a las necesidades de la sociedad burguesa. La lucha contra la Iglesia del Estado no trascendía de los estrechos límites de las sectas campesinas, sin excluir la más poderosa de todas, el cisma de los «creyentes viejos».

Quince años antes de que estallase la gran Revolución francesa se desencadenó en Rusia el movimiento de los cosacos, labriegos y obreros serviles de los montes Urales, acaudillado por Pugachev. ¿Qué le faltó a aquella furiosa insurrección popular para convertirse en verdadera revolución? Le faltó el tercer estado. Sin la democracia industrial de las ciudades, era imposible que la guerra campesina se transformase en revolución, del mismo modo que las sectas aldeanas no podían llevar a cabo una Reforma. Lejos de provocar una revolución, el alzamiento de Pugachev sirvió para consolidar el absolutismo burocrático como servidor fiel de los intereses de la nobleza, y volvió a demostrar su eficacia en una hora difícil.

La europeización del país, que comenzó formalmente bajo Pedro el Grande, fue convirtiéndose cada vez más, en el transcurso del siglo siguiente, en una necesidad de la propia clase gobernante, es decir, de la nobleza. En 1825, la intelectualidad aristocrática, dando expresión política a esta necesidad, se lanzó a una conspiración militar, con el fin de poner freno a la autocracia. Presionada por el desarrollo de la burguesía europea, la nobleza avanzada intentaba, de este modo, suplir la ausencia del tercer estado. Pero no se resignaba, a pesar de todo, a renunciar a sus privilegios de casta; aspiraba a combinarlos con el régimen liberal por el que luchaba; por eso, lo que más temía era que se levantaran los campesinos. No tiene nada de extraño que aquella conspiración no pasara de ser la hazaña de unos cuantos oficiales brillantes, pero aislados, que sucumbieron casi sin lucha. Ese sentido tuvo la sublevación de los «decembristas».(1)

Los terratenientes que poseían fábricas fueron los primeros de su estamento que se iniciaron hacia la sustitución del trabajo servil por el trabajo libre. Otro de los factores que impulsaban esta medida era la exportación, cada día mayor, de cereales rusos al extranjero. En 1861, la burocracia noble, apoyándose en los terratenientes liberales, implanta la reforma campesina. El impotente liberalismo burgués, reducido a su papel de comparsa, no tuvo más remedio que contemplar el cambio pasivamente. No hace falta decir que el zarismo resolvió el problema fundamental de Rusia, esto es, la cuestión agraria, de un modo todavía más mezquino y rapaz de como la monarquía prusiana había de resolver, a la vuelta de pocos años, el problema capital de Alemania: su unidad nacional. La solución de los problemas que incumben a una clase por obra de otra es una de las combinaciones a que aludíamos, propias de los países atrasados.

Pero donde se revela de un modo más indiscutible la ley del desarrollo combinado es en la historia y el carácter de la industria rusa. Nacida tarde, no repite la evolución de los países avanzados, sino que se incorpora a éstos, adaptando a su atraso propio las conquistas más modernas. Si la evolución económica general de Rusia saltó sobre los períodos del artesanado gremial y de la manufactura, algunas ramas de su industria pasaron por alto toda una serie de etapas técnico-industriales que en Occidente llenaron varias décadas. Gracias a esto, la industria rusa pudo desarrollarse en algunos momentos con una rapidez extraordinaria. Entre la revolución de 1905 y la guerra, Rusia dobló, aproximadamente, su producción industrial. A algunos historiadores rusos esto les parece una razón bastante concluyente para deducir que «hay que abandonar la leyenda del atraso y del progreso lento». En rigor la posibilidad de un tan rápido progreso hallábase condicionada precisamente por el atraso del país, que no sólo persiste hasta el momento de la liquidación de la vieja Rusia, sino que aún perdura como herencia de ese pasado hasta el día de hoy.

El termómetro fundamental para medir el nivel económico de una nación es el rendimiento del trabajo, que, a su vez, depende del peso específico de la industria en la economía general del país. En vísperas de la guerra, cuando la Rusia zarista había alcanzado el punto culminante de su bienestar, la parte alícuota de riqueza nacional que correspondía a cada habitante era ocho o diez veces inferior a la de los Estados Unidos, lo cual no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que las cuatro quintas partes de la población obrera de Rusia se concentraban en la agricultura, mientras que en los Estados Unidos, por cada persona ocupada en las labores agrícolas había 2,5 obreros industriales. Añádase a esto que en vísperas de la guerra Rusia tenía 0,4 kilómetros de líneas férreas por cada 100 kilómetros cuadrados, mientras que en Alemania la proporción era de 1,7 y de 7 en Autria-Hungría, y por el estilo, todos los demás coeficientes comparativos que pudiéramos mencionar.

Como ya hemos dicho, es precisamente en el campo de la economía donde se manifiesta con su máximo relieve la ley del desarrollo combinado. Y así, mientras que hasta el momento mismo de estallar la revolución, la agricultura se mantenía, con pequeñas excepciones, casi en el mismo nivel del siglo XVII, l la industria, en lo que a su técnica y a su estructura capitalista se refería, estaba al nivel de los países más avanzados, y, en algunos aspectos, los sobrepasaba. En el año 1914 las pequeñas industrias con menos de cien obreros representaban en los Estados Unidos un 35 por 100 del censo total de obreros industriales, mientras que en Rusia este porcentaje era tan sólo de 17,8. La mediana y la gran industria, con una nómina de 100 a 1.000 obreros, representaban un peso específico aproximadamente igual; los centros fabriles gigantescos que daban empleo a más de mil obreros cada uno y que en los Estados Unidos sumaban el 17,8 por 100 del censo total de la población obrera, en Rusia representaban el 41,4 por 100. En las regiones industriales más importantes este porcentaje era todavía más elevado: en la zona de Petrogrado era de 44,4 por 100; en la de Moscú, de 57,3 por 100. A idénticos resultados llegamos comparando la industria rusa con la inglesa o alemana. Este hecho, que nosotros fuimos los primeros en registrar en el año 1908, se aviene mal con la idea que vulgarmente se tiene del atraso económico de Rusia. Y, sin embargo, no excluye este atraso, sino que lo complementa dialécticamente.

También la fusión del capital industrial con el bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización de la industria por los Bancos equivalía a su mediatización por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida casi por entero al control del capital financiero internacional, que había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas. En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros, y la proporción era considerablemente mayor en las ramas principales de la industria. Sin exageración, puede decirse que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos, empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros, debiendo advertirse que la participación de los capitales de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble de la de Alemania.

Las condiciones originarias de la industria rusa y de su estructura informan el carácter social de la burguesía de Rusia y su fisonomía política. La intensa concentración industrial suponía, ya de suyo, que entre las altas esferas capitalistas y las masas del pueblo no hubiese sito para una jerarquía de capas intermedias. Añádase a esto que los propietarios de las más importantes empresas industriales, bancarias y de transportes eran extranjeros que cotizaban los beneficios obtenidos en Rusia y su influencia política en los parlamentos extranjeros, razón por la cual no sólo no les interesaba fomentar la lucha por el parlamentarismo ruso, sino que muchas veces le hacían frente: bate recordar el vergonzoso papel que desempeñaba en Rusia la Francia oficial. Tales eran las causas elementales e insuperables del aislamiento político y del odio al pueblo de la burguesía rusa. Y si ésta, en los albores de su historia, no había alcanzado el grado necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al frente de la revolución demostró que llegaba ya tarde.

En consonancia con el desarrollo general del país, la base sobre la que se formó la clase obrera rusa no fue el artesanado gremial, sino la agricultura; no fue la ciudad, sino el campo. Además, el proletariado de Rusia no fue formándose paulatinamente a lo largo de los siglos, arrastrando tras sí el peso del pasado, como en Inglaterra, sino a saltos, por una transformación súbita de las condiciones de vida, de las relaciones sociales, rompiendo bruscamente con el ayer. Esto fue, precisamente, lo que, unido al yugo concentrado el zarismo, hizo que los obreros rusos asimilaran las conclusiones más avanzadas del pensamiento revolucionario, del mismo modo que la industria rusa, llegada al mundo con retraso, asimiló las últimas conquistas de la organización capitalista.

El proletariado ruso tornaba a producir, una y otra vez, la breve historia de sus orígenes. Al tiempo que en la industria metalúrgica, sobre todo en Petersburgo, cristalizaba y surgía una categoría de proletarios depurados que habían roto completamente con la aldea, en los Urales seguía predominando el tipo obrero de semiproletario, semicampesino. La afluencia de nuevas hornadas de mano de obra del campo a las regiones industriales renovaba todos los años los lazos que unían al proletariado con su cantera social.

La incapacidad de acción política de la burguesía se hallaba directamente informada por el carácter de sus relaciones con el proletariado y la clase campesina. La burguesía no podía arrastrar consigo a los obreros a quienes la vida de todos los días enfrentaba con ella y que, además, aprendieron en seguida a generalizar sus problemas. Y la misma incapacidad demostraba para atraerse a los campesinos, atada como estaba a los terratenientes por una red de intereses comunes y temerosa de que el régimen de propiedad, en cualquiera de sus formas, se viniese a tierra. El retraso de la revolución rusa no era tan sólo, como se ve, un problema de cronología, sino que afectaba también a la estructura social del país.

Inglaterra hizo su revolución puritana en una época en que su población total no pasaba de los cinco millones y medio de habitantes, de los cuales medio millón correspondía a Londres. En la época de la Revolución francesa París no contaba tampoco con más de medio millón de almas de los veinticinco que formaban el censo total del país. A principios del siglo XX Rusia tenía cerca de ciento cincuenta millones de habitantes, más de tres millones de los cuales se concentraban en Petrogrado y Moscú. Detrás de estas cifras comparativas laten grandes diferencias sociales. La Inglaterra del siglo XVII, como la Francia del siglo XVIII, no conocían aún el proletariado moderno. En cambio, en Rusia la clase obrera contaba, en 1905, incluyendo la ciudad y el campo, no menos de diez millones de almas, que, con sus familias, venían a representar más de veinticinco millones de almas, cifra que superaba la de la población total de Francia en la época de la Gran Revolución. Desde los artesanos acomodados y los campesinos independientes que formaban en el ejército de Cromwell hasta los proletarios industriales de Petersburgo, pasando por los sansculottes de París, la revolución hubo de modificar profundamente su mecánica social, sus métodos, y con éstos también, naturalmente, sus fines.

Los acontecimientos de 1905 fueron el prologo de las dos revoluciones de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen hasta el fin. La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos s levantaron, al grito de « ¡tierra!», en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía. Fue entonces cuando actuaron pro primera vez en la historia de Rusia todas las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la revolución en el preciso momento en que se demostraba que no bastaba con hostilizar al zarismo, sino que era preciso derribarlo. La brusca ruptura de la burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla una parte considerable de la intelectualidad democrática, facilitó a la monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los obreros y campesinos. Y, aunque con algunas costillas rotas, el zarismo salió vivo y relativamente fuerte de la prueba de 1905.

¿Qué alteraciones introdujo en el panorama de las fuerzas sociales el desarrollo histórico que llena los once años que median entre el prólogo y el drama? Durante este período se acentúa todavía más la contradicción entre el zarismo y las exigencias de la historia. La burguesía se fortificó económicamente, pero ya hemos visto que su fuerza se basaba en la intensa concentración de la industria y en la importancia creciente del capital extranjero. Adoctrinada por las enseñanzas de 1905, la burguesía se hizo aún más conservadora y suspicaz. El peso específico dentro del país de la pequeña burguesía y de la clase media, que ya antes era insignificante, disminuyó más aún. La intelectualidad democrática no disponía del menor punto consistente de apoyo social. Podía gozar de una influencia política transitoria, pero nunca desempeñar un papel propio: hallábase cada vez más mediatizada por el liberalismo burgués. En estas condiciones no había más que un partido que pudiera brindar un programa, una bandera y una dirección a los campesinos: el proletariado. La misión grandiosa que le estaba reservada engendró la necesidad inaplazable de crear una organización revolucionaria propia, capaz de reclutar a las masas del pueblo y ponerlas al servicio de la revolución, bajo la iniciativa de los obreros. Así fue como los soviets de 1905 tomaron en 1917 un gigantesco desarrollo. Que los soviets -dicho sea de paso- no son, sencillamente, producto del atraso histórico de Rusia, sino fruto de la ley del desarrollo social combinado, lo demuestra por sí solo el hecho de que el proletariado del país más industrial del mundo, Alemania, no hallase durante la marejada revolucionaria de 1918-1919 más forma de organización que los soviets.

La Revolución de 1917 perseguía como fin inmediato el derrumbamiento de la monarquía burocrática. Pero, a diferencia de las revoluciones burguesas tradicionales, daba entrada en la acción, en calidad de fuerza decisiva, a una nueva clase, hija de los grandes centros industriales y equipada con una nueva organización y nuevos métodos de lucha. La ley del desarrollo social combinado se nos presenta aquí en su expresión última: la revolución, que comienza derrumbando toda la podredumbre medieval, a la vuelta de pocos meses lleva al poder al proletariado acaudillado por el partido comunista.

El punto de partida de la revolución rusa fue la revolución democrática. Pero planteó en términos nuevos el problema de la democracia política. Mientras los obreros llenaban el país de soviets, dando entrada en ellos a los soldados y, en algunos sitios, a los campesinos, la burguesía seguía entreteniéndose en discutir si debía o no convocarse la Asamblea constituyente.
Conforme vayamos exponiendo los acontecimientos, veremos dibujarse esta cuestión de un modo perfectamente concreto. Por ahora queremos limitarnos a señalar el puesto que corresponde a los soviets en la concatenación histórica de las ideas y las formas revolucionarias.
La revolución burguesa de Inglaterra, planteada a mediados del siglo XVIII, se desarrolló bajo el manto de la Reforma religiosa. El súbdito inglés, luchando por su derecho a rezar con el devocionario que mejor le pareciese, luchaba contra el rey, contra la aristocracia, contra los príncipes de la Iglesia y contra Roma. Los presbiterianos y los puritanos de Inglaterra estaban profundamente convencidos de que colocaban sus intereses terrenales bajo la suprema protección de la providencia divina. Las aspiraciones por que luchaban las nuevas clases confundíanse inseparablemente en sus conciencias con los textos de la Biblia y los ritos del culto religioso. Los emigrantes del Mayflower llevaron consigo al otro lado del océano esta tradición mezclada con su sangre. A esto se debe la fuerza excepcional de resistencia de la interpretación anglosajona del cristianismo. Y todavía es hoy el día en que los ministros «socialistas» de la Gran Bretaña encubren su cobardía con aquellos mismos textos mágicos en que los hombres del siglo XVII buscaban una justificación para su bravura.

En Francia, donde no prendió la Reforma, la Iglesia católica perduró como Iglesia del Estado hasta la revolución, que había de ir a buscar no a los textos de la Biblia, sino a las abstracciones de la democracia, la expresión y justificación para los fines de la sociedad burguesa. Y por grande que sea el odio que los actuales directores de Francia sientan hacia el jacobinismo, el hecho es que, gracias a la mano dura de Robespierre, pueden permitirse ellos hoy el lujo de seguir disfrazando su régimen conservador bajo fórmulas por medio de las cuales se hizo saltar en otro tiempo a la vieja sociedad.

Todas las grandes revoluciones han marcado a la sociedad burguesa una nueva etapa y nuevas formas de conciencia de sus clases. Del mismo modo que en Francia no prendió la Reforma, en Rusia no prendió tampoco la democracia formal. El partido revolucionario ruso a quien incumbió la misión de dejar estampado su sello en toda una época, no acudió a buscar la expresión de los problemas de la revolución a la Biblia, ni a esa democracia «pura» que no es más que el cristianismo secularizado, sino a las condiciones materiales de las clases que integran la sociedad. El sistema soviético dio a estas condiciones su expresión más sencilla, más diáfana y más franca. El régimen de e los trabajadores se realiza por vez primera en la historia bajo los soviets que, cualesquiera que sean las vicisitudes históricas que les estén reservadas, ha echado raíces tan profundas e indestructibles en la conciencia de las masas como, en su tiempo, la Reforma o la democracia pura.
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(1)«Decembristas» o «dekabristas» por el mes de diciembre, en que tuvo lugar la sublevación. [NDT.]
En: http//www.marxists.org/español/trotsky

martes, 21 de agosto de 2007


Este es el mapa que muestra el territorio ocupado por el imperio ruso (de color verde)cuando este se consolidó en el período comprendido entre los siglos XIV y XVI. El estado ruso se centralizó alrededor de Moscú, su capital actual. Se unificaron todas las tierras del Noreste y Noroeste de Rusia.

lunes, 30 de julio de 2007

RUSIA


Población e historia

De acuerdo al Censo de 2002, la población de la Federación de Rusia constituye 145.200.000 personas.

La composición étnica de la Federación de Rusia destaca por su gran diversidad. Aparte de los rusos, que constituyen el 81,5% de la población total, los de mayor numero son los tártaros (3,8%), los ucranianos (3%), los chuvashes (1,2%), los pueblos de Daguestan (1,2%), los bashkires (0,9%), los bielorrusos (0,8%) y los morduinos (0,7%). Son homogéneas por su composición étnica las regiones de noroeste, centrales y de Tierras negras del Centro, pobladas por los rusos. Por lo común, la mayoría de los pueblos organizados en sus propios Estados nacionales viven en forma compacta dentro de los límites de sus repúblicas, regiones o circunscripciones (salvo los judíos y los evencos). No obstante, el 70,8% de los morduinos, el 68% de los tártaros, el 49,6% de los maris residen fuera de los límites de sus respectivas repúblicas (1989).

Los últimos 30 años, los ritmos de crecimiento de algunos pueblos de Rusia se diferenciaban fuertemente de la media y, por consiguiente, de los rusos. Se duplicó con creces la población del Caucaso del Norte, la tuvina y la gitana. En 60-70% aumentó el número de buriatos, yakutes y calmucos. Un elevado ritmo de crecimiento se registró entre los pueblos que inmigraban enérgicamente a la Federación de Rusia de otras repúblicas de la ex Unión Soviética. Por ejemplo, entre 1959 y 1989, el número de azerbaiyanos en Rusia se multiplicó por 4,7; el de moldavos, por 2,8; de georgianos, por 2,3; de armenios, por 2,1; de kazajos, por 1,7. Simultáneamente el número de carelios y morduinos descendió a causa de la asimilación, y el de judíos debido a la emigración.

La mayoría de los pueblos que habitan Rusia consideran materno el idioma de su nacionalidad, mientras que una minoría indica como lengua materna el ruso. Lo último se refiere a la gran parte de los ucranianos, bielorrusos, alemanes, hebreos, polacos, coreanos, griegos, letones y estonios residentes en Rusia.

A raíz del hundimiento de la URSS y el surgimiento de Estados independientes, allende las fronteras de Rusia se quedó una importante diáspora rusa. Ésta se compone de los rusos autóctonos (25 millones de personas), la población no rusa que considera el ruso su idioma materno (11,2 millones), así como de otras etnias de Rusia, que consideran materno el idioma de su nacionalidad. A este último grupo pertenecen más de 800.000 tártaros, alrededor de 80.000 bashkires, decenas de miles de chuvashes, morduinos, udmurtos, maris, etc. La diáspora rusa en los territorios disgregados de la ex Unión Soviética cuenta aproximadamente con 37-38.000.000 de personas.

CREACION DEL ESTADO RUSO.- DATOS IMPORTANTES

El Estado ruso, denominado la Rus de Kiev, en cuyo territorio se configuraría la antigua nacionalidad rusa única, se formó en el siglo IX. En el año 988 Rus adoptó el cristianismo como religión oficial.

Sin embargo, en el siglo XII, debido a las enconadas guerras intestinas y el debilitamiento del poder central, se produjo la desintegración de la Rus de Kiev, dando lugar a la constitución de la República de Nóvgorod, los principados de Vladímir, Suzdal, Galitzia y Volynia, entre otros.

Las continuas rivalidades y discrepancias entre los príncipes resultaron en que ésos no pudieron hacer frente a la agresión emprendida contra Rusia en la primera mitad del siglo XIII por los conquistadores tártaro-mongoles. Casi durante 250 años Rusia permaneció bajo el dominio tártaro-mongol que trajo un sin fin de calamidades y provocó enormes víctimas entre la población, perjudicando irreparablemente el desarrollo económico, político y cultural del país. En 1380, en el campo de Kulikovo un golpe demoledor a los agresores fue asestado por las fuerzas unificadas de las tierras rusas al mando del Gran príncipe moscovita Demetrio del Don. No obstante, la definitiva liberación del yugo tártaro se conseguiría solo cien años más tarde.

En los siglos XIV-XVI las tierras del Noreste y Noroeste de Rusia empiezan a nuclearse en torno a Moscú, lo que culminaría en la formación de un Estado ruso unificando y la nación rusa.

A comienzos del siglo XVII Rusia rechazó la intervención polaco-lituana y sueca. A mediados de la misma centuria a Rusia se une Ucrania conformando un Estado único.

Las reformas de Pedro el Grande, realizadas a fines del siglo XVII y el primer cuarto del siglo XVIII, dieron un empuje a la modernización de Rusia y su desarrollo político-económico, social y cultural. Las brillantes victorias obtenidas por las tropas de Pedro I en la Guerra de Norte (1700-1721), permitieron que Rusia saliera al mar Báltico, "abriéndose una ventana a Europa", según la expresión metafórica de entonces. En ese periodo se intensificó la diplomacia y se ampliaron significativamente las relaciones internacionales de Rusia.

En los siglos XVI-XIX, resultante de la integración voluntaria a Rusia de varios pueblos no rusos que habitaban los vastos territorios del Norte, Volga, Urales, Siberia y Extremo Oriente, se forma un Estado multinacional: el Imperio Ruso.

A comienzos del siglo XIX los pueblos del Imperio Ruso se levantaron en armas contra la agresión de Napoleón (Guerra Patria de 1812).

Un hito importante en la historia rusa fue la reforma agraria de 1861, que abolió la servidumbre existente desde el siglo XVI e impulsó el desarrollo acelerado de la economía nacional. En las últimas décadas del siglo XIX se registraba un vertiginoso auge industrial, el desarrollo de la empresa privada, del sistema bancario y el comercio. Al mismo tiempo, se agudizaron las contradicciones sociales, aumentó el descontento con la autocracia zarista.

La primera Guerra Mundial, desencadenada en 1914, requirió un esfuerzo inaudito de la economía rusa, agotando sus recursos materiales y financieros. Los cálculos equivocados de los jefes militares y los reveses desequilibraron la vida social, provocando una grave crisis.

En 1917, el Partido Obrero Socialdemócrata (bolchevique) Ruso, con Vladímir Lenin a la cabeza, realizó la Revolución de Octubre, que determinó el destino del país por muchas décadas. Como principales objetivos de la revolución fueron proclamadas la liquidación de la desigualdad de clases, la construcción de una sociedad socialista y después comunista.

En diciembre de 1922 fue constituida la Unión Soviética (URSS).
Durante dos décadas subsiguientes la cumbre gobernante, encabezada por Iosif Stalin, concentró en sus manos un poder ilimitado, instaurando el sistema de gobierno totalitario. Se iniciaron persecuciones masivas a los disidentes y represiones de millones de ciudadanos soviéticos. Las purgas en el cuerpo dirigente del Ejército Rojo afectaron funestamente la capacidad defensiva de la nación. Sin embargo, a la par de las arbitrariedades políticas y jurídicas, el país modernizó a ritmos acelerados su industria y sus fuerzas armadas, desplegó gigantescas obras de construcción.

La Gran Guerra Patria de 1941-1945 significó una dura prueba para el pueblo soviético. La lucha contra el agresor nazi fascista se desplegó a nivel nacional. En corto plazo el Estado movilizó todos los medios y recursos disponibles para organizar resistencia al enemigo. Gracias al valor de los soldados soviéticos, al genio marcial de toda una pléyade extraordinariamente talentosa de jefes militares y a los esfuerzos de todo el pueblo, la Unión Soviética pudo hacer un aporte decisivo en la derrota contundente de la Alemania fascista.

En la década del 60 el socialismo alcanzó el punto culminante de su desarrollo, al que siguieron, primero, el estancamiento y, después, la crisis. El voluntarismo y la burocratización del aparato dirigente del país; una economía muy costosa cuyos gastos se cubrían fundamentalmente con ingresos provenientes de la exportación de materias primas; las ingentes inversiones en la industria de guerra; la baja competitividad de la mayoría de los artículos, en especial de amplio consumo, en el mercado mundial; la paralización de cualquier iniciativa; la ideologización de todos los sectores de la vida social y la política exterior en detrimento a la lógica sensata; las continuas persecuciones a los disidentes, todo ello poco concordaba con las ideas proclamadas de la construcción de un futuro luminoso.

A mediados de los años 80 el país se vio ante la necesidad de efectuar cambios cardinales en la economía y la organización sociopolítica del Estado. Bajo de dirección del Presidente de la URSS Mijaíl Gorbachev fue iniciada la perestroika. Sin embargo, la realización de reformas resultó ser una tarea extraordinariamente difícil. La aparición de las nuevas relaciones sociales provocó la inestabilidad económica, una inflación galopante, una lucha enconada entre las fuerzas políticas, la tirantez social y los conflictos interétnicos.

En 1991, como resultado de los acuerdos de Belovezhskaia Puscha, la Unión Soviética deja de existir. La sucede la Federación de Rusia. Bajo el mando del primer presidente de la Federación de Rusia, Boris Yeltsin, el país intentó un camino de reformas con vista a modernizar la sociedad rusa. Se implementó una privatización en masa, pero la falta de experiencia social en la solución de los problemas tan complicados como son la transición a la economía de mercado, la articulación de las nuevas relaciones de producción y la organización de la empresa privada influyó de modo negativo en la marcha de las reformas. La estratificación social, la disminución del nivel de vida de una parte considerable de la población, la arraigada costumbre de fiar al Estado la tarea de garantizar la situación económica de uno y un alto nivel de la delincuencia agudizaron la lucha política, alimentando la tensión social.

El 31 de diciembre de 1999, Yeltsin anunció su dimisión voluntaria interino. El 26 de marzo del año 2000, a raíz de los comicios democráticos Putin fue electo Presidente de la Federación de Rusia; y el 14 de marzo del 2004, reelecto para su segundo periodo presidencial.

A pesar de las dificultades de distinta índole, Rusia ha ingresado en el tercer milenio siguiendo el rumbo que no tiene alternativa, el de reformas. Es el único camino que permite crear una economía eficaz y asegurar una vida digna a la población, el camino que permite al Estado ruso incorporarse orgánicamente al sistema económico mundial brindando un aporte constructivo al desarrollo de las relaciones civilizadas y mutuamente beneficiosas entre Estados.

(Centro Virtual de Ciencia y cultura España-Rusia)
en: http//www.centro-curltual-ruso.es/InfoRus3.htm

Moscú

Moscú es la ciudad heroica, uno de los más importantes centros políticos, industriales, científicos y culturales del mundo. Los confines de la ciudad están delimitados en lo fundamental por la Autopista de circunvalación de Moscú (MKAD). La metrópoli abarca a más 1.000 km2. Por el número de habitantes (8.881.000) forma entre las urbes más grandes del planeta.

El próximo año 2007 la capital rusa cumplirá sus 860 años.

La primera mención de Moscú figura en las crónicas del monasterio de Ipati bajo el año 1147. En la segunda mitad del siglo XIII la ciudad se convierte en la capital del Principado de Moscú; en el siglo XIV es el centro del Gran Principado de Moscovia y a partir de la segunda mitad del siglo XV ostenta el título de capital del Estado Ruso unificado.

En el siglo XVI se da un salto en el desarrollo de las industrias y artesanías, en Moscú surgen importantes empresas y talleres del Estado. Es a la vez la época de un vertiginoso auge cultural: se erigen las obras arquitectónicas tan excelsas como la Catedral de San Miguel Arcángel y el Campanario de Iván el Grande en el Kremlin, la Catedral de la Intercesión (Iglesia de San Basilio) en la Plaza Roja, se inaugura la primera imprenta.

En el siglo XVII Moscú se configura como centro económico y comercial y a comienzos del siglo XVIII ya es la mayor ciudad industrial y comercial de Rusia con gran número de manufacturas, fundamentalmente textiles. Con el traslado, en 1712, de la capital de Rusia a San Petersburgo, Moscú mantiene la categoría de capital de primer trono.

A partir del 12 de marzo de 1918 Moscú pasó a ser la capital de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR); el 30 de diciembre de 1922,la de la URSS,y desde diciembre de 1991 la de la Federación de Rusia.

La Moscú actual es el importantísimo centro económico de Rusia, núcleo de la Zona Económica Central, la más avanzada en cuanto al nivel de desarrollo de la industria transformadora y el potencial científico, técnico y sociocultural.

Aquí hay empresas industriales de diferente escala. La plantilla de un 50% de las fábricas y los talleres no supera 500 plazas. Entre las grandes empresas se destacan las de construcción de automóviles, máquinas-herramientas, líneas automáticas de producción y maquinaria especial, electrotecnia, radioelectrónica, fabricación de aparatos, equipos térmicos automáticos, rodamientos, aviación, etc.

Las empresas industriales de la ciudad producen un amplio abanico de equipos y aparatos electrodomésticos: televisores, relojes (cerca del 25% de la producción nacional), planchas eléctricas (16%), refrigeradores y neveras (5,7%), aspiradoras de polvo eléctricas (6,9%) y otros.

En Moscú existen varias empresas siderúrgicas y de metales no ferrosos.
La industria química capitalina produce caucho y artículos de goma, plásticos, diferentes sintéticos, derivados de petróleo, etc.

La industria alimentaria está representada por las ramas de carne, láctea, confitería, panadería, perfumería y demás.

Destaca por la importancia de su base industrial la construcción industrial de viviendas. Las plantas y empresas especializadas provistas de tecnologías modernas, producen estructuras, piezas unificadas y materiales de acabado, en fin, todo lo necesario para construir viviendas con elementos prefabricados.

Moscú es la mayor plaza financiera y comercial del país, aquí están asentadas las directivas de numerosos bancos (incluido el Banco Central de Rusia), de importantes companías rusas, representaciones de firmas extranjeras, etc.

Moscú es el principal nudo de comunicaciones en la parte europea de Rusia. La capital se comunica con todos los confines del país mediante once líneas ferroviarias. El nudo ferroviario capitalino atiende nueve estaciones de pasajeros y decenas de estaciones de clasificación de cargas.

Moscú es importante centro de transportación de cargas en camiones por carretera. A tal efecto sirven las trece principales carreteras radiales.

Moscú cuenta con cuatro aeropuertos: Sheremétievo, Vnúkovo, Domodiédovo y Bykovo.

La construcción de la Vía de navegación del Volga y el Báltico y el Canal navegable del Volga y el Don vinculó Moscú con los mares Báltico, Blanco, Caspio, Azov y Negro. La capital dispone de tres grandes puertos fluviales: Oeste, Norte y Sur.
La extensión de todas las rutas de transporte urbano es de 7.000 km. Funcionan 150 estaciones del Metro.

Moscú es uno de los mayores centros de la ciencia mundial. En la capital trabajan mas de 800 institutos de investigaciones científicas con sucursales y secciones. La institución científica rectora es la Academia de Ciencias de Rusia. Tienen sus sedes en la capital también las academias sectoriales: médica, agrícola, pedagógica y de Bellas Artes, que impulsan vínculos científicos internacionales y participan en las labores de las organizaciones científicas internacionales. Es mundialmente conocido el Instituto Unificado de Investigaciones Nucleares, ubicado en la ciudad de Dubna, a 128 km al norte de Moscú.

Moscú cuenta con más de 100 centros de enseñanza superior (academias, universidades, institutos, etc.). El más antiguo y prestigioso es la Universidad Estatal M. Lomonósov. La capital es el emporio mundial de educación superior: aquí concurren a cursar estudios los jóvenes de los países en vías de desarrollo de Asia, África y América Latina.

En total son más de 4,000 bibliotecas de Estado o pertenecientes a organizaciones sociales, cuyos fondos ascienden a unos 400 millones de volúmenes.

Entre casi 100 museos nacionales moscovitas y sus filiales los más famosos son los del Kremlin (incluida la Armería), la Galeria Tretiakov, el Museo de Artes Plásticas A. Pushkin, el Museo de Artes Decorativas y Aplicadas de Rusia, el Museo de Bellas Artes de los Pueblos del Oriente, el Museo de la Historia, el Museo Politécnico, el Museo-Panorama "La Batalla de Borodinó", los museos conmemorativos dedicados a célebres personalidades de ciencia y cultura.

Es muy rica la vida teatral: funcionan más de 60 teatros profesionales, entre otros, el Bolshoi, el Mali, el MJAT M. Gorki, el MJAT. Chéjov, el Teatro Vajtángov, el Teatro Mayakovski, el Teatro Mossoviet, el Lenkom, el de Drama y Comedia en Taganka, el de Títeres S. Obraztsov, etc.

En Moscú hay dos circos con sus propias sedes permanenes y 20 salas de conciertos. Dos veces al año los aficionados al arte pueden disfrutar de las fiestas que se organizan en la capital: el festival primaveral Estrellas de Moscú (5-15 de mayo) y el festival invernal Invierno Ruso (25 de diciembre - 5 de enero).

En la capital están abiertos al público más de 50 jardines y parques históricos.
Moscú es el principal centro turístico de Rusia. Agencias de turismo y excursionismo ofrecen más de 500 itinerarios para todos los gustos y atienden alrededor de 3 millones de turistas al año.

El Plan General de Desarrollo de Moscú hasta el año 2010 prevé una cardinal reestructuración de la economía industrial y urbana. Especial atención se prestará a la reconstrucción de los valiosísimos monumentos históricos y culturales.